Un paso adelante
DESARROLLO PERSONAL,  ESTOICISMO,  RESILIENCIA

El paso siguiente

Hay momentos en la vida en los que, sumidos en la oscuridad, lamentamos no disponer de una linterna capaz de iluminar todo el camino. Nos gustaría saber qué nos espera al final, qué decisiones deberíamos tomar, qué puertas se abrirán y cuáles permanecerán cerradas. Quisiéramos tener la certeza de que nuestros esfuerzos servirán para algo, de que no estamos equivocándonos, de que todo ese tiempo que dedicamos a construir algo tendrá finalmente un sentido. Pero la vida no suele concedernos esa clase de certezas.

Unos metros por delante

Quiero dejaros este pequeño cuento cuyo autor no está establecido pero que, aún así, me ha parecido revelador. Cuenta la historia de un hombre que caminaba por un bosque al anochecer. Llevaba una pequeña linterna. La encendió y descubrió que apenas iluminaba unos metros por delante de él.

Al principio se sintió frustrado. Quería ver todo el camino. Quería saber dónde terminaría, si encontraría un río, una montaña o una bifurcación. Quería conocer de antemano los obstáculos que tendría que superar y las dificultades que le aguardaban. Pero la linterna no podía iluminar todo aquello. Solo le mostraba el siguiente tramo.

Así que decidió caminar. Con cada paso, la luz revelaba unos metros más. Lo que antes era oscuridad comenzaba a tomar forma. Aparecían nuevas sendas, nuevos paisajes, nuevas posibilidades que no habría podido imaginar desde el lugar en el que se encontraba.

Al final comprendió que nunca había necesitado ver todo el camino. Solo necesitaba ver dónde poner el siguiente pie. La linterna no le resultaba pequeña porque estuviera perdido. Era pequeña porque solo necesitaba iluminar el siguiente paso.

La necesidad de saber qué nos espera

¿Cuántas veces nos hemos detenido esperando a tener todas las respuestas? Esperamos el momento adecuado, una señal inequívoca, una garantía de éxito. Queremos saber si merece la pena intentarlo antes de arriesgarnos, si conseguiremos nuestros objetivos antes de invertir tiempo y esfuerzo, si el camino que hemos elegido nos llevará finalmente al lugar al que deseamos llegar. Y mientras esperamos esa certeza que no llega, la vida continúa.

A veces confundimos la prudencia con la necesidad de controlar cada detalle. Creemos que, si conseguimos anticiparnos a todos los acontecimientos, podremos evitar el sufrimiento, el fracaso o la decepción. Pero hay cosas que sencillamente no podemos prever. Podemos prepararnos, reflexionar, aprender de nuestros errores y tomar decisiones razonables. Lo que no podemos hacer es exigirle al futuro que nos entregue por adelantado todas sus respuestas.

Quizá una parte de nuestro agotamiento proceda precisamente de ahí: de intentar resolver hoy problemas que todavía no existen, de sufrir por desenlaces que aún desconocemos y de exigirnos una seguridad que nadie puede ofrecernos.

La oscuridad que tenemos delante no siempre esconde una amenaza. A veces, sencillamente, es un territorio que todavía no hemos recorrido.

Seguir caminando sin garantías

Pienso en las personas que persiguen un sueño durante años. Escritores que continúan escribiendo sin saber si algún día encontrarán la editorial adecuada. Personas que emprenden proyectos sin tener la certeza de que prosperarán. Quienes comienzan de nuevo después de una pérdida, quienes buscan su lugar en el mundo o quienes intentan reconstruir una vida que no se parece a la que habían imaginado.

Todos ellos se enfrentan, de una manera u otra, a la misma pregunta: ¿vale la pena seguir?

No existe una respuesta universal. Hay sueños que necesitan transformarse, caminos que conviene abandonar y objetivos que dejan de tener sentido con el paso del tiempo. Perseverar no significa aferrarse obstinadamente a todo lo que un día deseamos.

Pero tampoco deberíamos confundir la ausencia de resultados inmediatos con la inutilidad de nuestros esfuerzos.

Hay procesos cuyo valor no podemos medir mientras los estamos viviendo. Aprendemos, adquirimos experiencia, descubrimos capacidades que ignorábamos y nos convertimos, a veces sin advertirlo, en personas distintas de las que éramos cuando comenzamos.

Eso no garantiza que alcancemos nuestro objetivo. Sería deshonesto afirmarlo. Sin embargo, nos recuerda que el resultado final no es la única medida posible de lo que hacemos.

Tal vez no consigamos llegar exactamente al lugar que habíamos imaginado. Tal vez encontremos una bifurcación y tengamos que elegir otra dirección. Tal vez descubramos que aquello que perseguíamos ya no es lo que necesitamos.

Pero nada de eso obliga a considerar inútil el camino recorrido.

No necesitas iluminar toda tu vida

Hay una pregunta que puede resultar paralizante: ¿dónde estaré dentro de cinco años? No siempre podemos responderla. Y quizá tampoco sea necesario hacerlo. A veces resulta más útil preguntarnos qué podemos hacer hoy. Qué decisión está en nuestras manos. Qué pequeño avance podemos realizar sin exigirnos resolver de una vez todos los problemas que nos preocupan.

No se trata de renunciar a los grandes proyectos ni de dejar de mirar hacia el horizonte. Necesitamos objetivos, ilusiones y razones para levantarnos cada mañana. Necesitamos imaginar futuros posibles y trabajar para hacerlos realidad. Pero también necesitamos aceptar que el horizonte no está bajo nuestro control.

Podemos escribir una página, enviar un manuscrito, aprender algo nuevo, pedir ayuda, corregir un error o descansar cuando estamos agotados. Podemos dar un paso, observar qué sucede y decidir después cuál será el siguiente.

Lo pequeño no es necesariamente insignificante. A veces, lo pequeño es lo único que podemos hacer. Y, precisamente por eso, merece nuestro respeto. No siempre avanzamos con grandes gestos. Muchas veces lo hacemos de una manera discreta, casi invisible: levantándonos después de una decepción, retomando una tarea que habíamos abandonado o encontrando fuerzas para volver a intentarlo cuando nadie nos asegura que esta vez será diferente. También eso significa avanzar.

La oscuridad forma parte del camino

Nos han enseñado a valorar la seguridad, la planificación y los resultados. Y, sin duda, todas esas cosas tienen su importancia. Pero quizá hemos olvidado que vivir implica aceptar cierto grado de incertidumbre.

No saber qué sucederá no significa que estemos haciendo algo mal. Tener dudas no demuestra que hayamos elegido el camino equivocado. Sentir miedo no significa que debamos detenernos.

A veces podemos seguir adelante con miedo. Otras veces necesitamos parar, recuperar fuerzas y esperar a que la luz nos permita distinguir mejor el terreno. Y también hay ocasiones en las que debemos reconocer que hemos llegado a un lugar del que conviene salir.

La metáfora de la linterna no nos pide avanzar a ciegas ni caminar sin pensar. Nos recuerda algo más sencillo: no necesitamos disponer de todas las respuestas para dar un paso razonable.

Y si después descubrimos que debemos cambiar de dirección, podremos hacerlo con la experiencia que nos ha proporcionado el camino.

Quizá la madurez consista, en parte, en aprender a convivir con lo que desconocemos sin permitir que ese desconocimiento decida siempre por nosotros.

Un salto de fe

Avanzar en la oscuridad es, en cierto modo, dar un salto de fe. No porque tengamos la certeza de que todo saldrá bien, ni porque una fuerza invisible vaya a apartar los obstáculos de nuestro camino, sino porque aceptamos caminar sin conocer de antemano el desenlace. Es confiar en que seremos capaces de afrontar lo que encontremos, incluso si resulta distinto de lo que esperábamos. La fe, entendida de esta manera, no consiste en saber que llegaremos a buen puerto, sino en atrevernos a dar el primer paso cuando todavía no podemos verlo. No elimina el miedo ni disipa las dudas; simplemente nos permite avanzar a pesar de ellos.

La luz que tenemos hoy

Con el tiempo comprendemos que no todas las preguntas encuentran respuesta cuando la necesitamos. Algunas permanecen abiertas durante años. Otras dejan de importarnos. Y hay respuestas que solo aparecen después de haber vivido aquello que tanto temíamos.

No podemos regresar al pasado para corregir cada decisión ni adelantarnos al futuro para comprobar si todo saldrá bien. Solo disponemos de este momento, de nuestras circunstancias y de las posibilidades que todavía permanecen abiertas ante nosotros.

Tal vez no podamos ver el final del camino. Tal vez ni siquiera sepamos si estamos recorriendo el camino correcto.

Pero podemos mirar lo que tenemos delante. Distinguir lo que depende de nosotros de aquello que escapa a nuestro control. Hacer lo que esté en nuestras manos y aceptar que el resto tendrá que revelarse a su debido tiempo.

No es una fórmula mágica para evitar las decepciones. Tampoco una promesa de que todos nuestros sueños se cumplirán. Es, sencillamente, una manera de vivir con menos exigencias imposibles y un poco más de confianza en nuestra capacidad para afrontar lo que venga.

Porque quizá la vida no nos pida que conozcamos de antemano el desenlace de nuestra historia. Quizá solo nos pida que no dejemos de escribirla antes de tiempo. Y que, cuando la oscuridad nos impida ver más allá, recordemos que una pequeña luz puede ser suficiente. No para mostrarnos todo el camino. Solo para ayudarnos a dar el siguiente paso

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