El jardín olvidado
RESEÑAS

Una niña, una maleta y una escritora de cuentos de hadas

Después de la pausa larga de vacaciones, hoy vuelvo para ofreceros la reseña de un libro que me ha encantado: El jardín olvidado.
Una niña, una maleta y una escritora de cuentos de hadas. Este es el inicio de la novela de Kate Morton, El jardín olvidado. La historia comienza en 1913, cuando una niña llega a Australia después de un viaje que, para ella, debió de resultar tan desconcertante como incomprensible. Viaja con una pequeña maleta y es acompañado por una mujer que la deja allí, en un lugar extraño, antes de desaparecer de su vida. Es la autora.

¿Quién es la autora?

Aquella mujer no es un personaje cualquiera. Es una escritora de cuentos de hadas, una mujer indomable, misteriosa y poco convencional, de esas que parecen vivir al margen de las reglas que los demás consideran normales. Una mujer que escribe historias para niños mientras guarda sus propios secretos.

Y aquí Kate Morton introduce uno de los elementos que más me gustan de la novela: la frontera entre los cuentos que inventamos y las historias que vivimos.

La niña lleva consigo una maleta, pero también lleva algo mucho más importante: una historia que todavía no conoce. Dentro de esa maleta hay objetos que pertenecen a un pasado que le ha sido ocultado. Entre ellos, un libro de cuentos que tendrá una importancia especial en la historia.

Nell

Muchos años después, cuando Nell, la niña que ha crecido, descubra que su pasado es diferente de lo que siempre había creído, aquellos objetos se convertirán en piezas de un rompecabezas que alguien tendrá que reconstruir. Y es entonces cuando comprendemos que la maleta no contiene solamente recuerdos. Contiene preguntas.

Las preguntas

¿Quién es realmente aquella niña?

¿Por qué fue llevada hasta Australia?

¿Quién era la mujer que la acompañaba?

¿Por qué decidió abandonarla?

Y, sobre todo, ¿qué relación existe entre aquella niña, la escritora de cuentos de hadas y los secretos que han permanecido ocultos durante décadas?

El inicio de la novela

Me gusta especialmente este comienzo que ha escogido Kate Morton porquevconsigue que el misterio nazca de algo muy sencillo: una niña que no sabe quién es y una mujer que sabe mucho más de lo que está dispuesta a contar. A partir de ahí, el pasado empieza a desplegarse poco a poco.

Lo que más me ha gustado

Si tuviera que elegir aquello que más me ha gustado de El jardín olvidado, probablemente señalaría la manera en que Kate Morton consigue convertir una historia familiar en un misterio.

No necesita recurrir constantemente a grandes acontecimientos. Le basta con una pregunta que permanece abierta durante décadas. ¿Quién era realmente Nell? A partir de ahí, todo adquiere interés.

Me gusta también la presencia de los cuentos de hadas. Creo que aportan a la novela una personalidad especial y, sobre todo, permiten establecer un juego muy interesante entre la ficción y la realidad. La misteriosa escritora que aparece al comienzo no solo deja tras de sí una niña y una maleta: deja también un universo de historias. Y ese universo terminará teniendo mucho que ver con la verdadera historia que se esconde detrás de Nell.

También me ha gustado la importancia que adquieren los objetos. Una fotografía, una carta, un libro, una vieja maleta… En una novela de secretos familiares, los objetos pueden convertirse en auténticos depositarios de la memoria. Permanecen cuando las personas desaparecen y, muchas veces, son los únicos testigos de algo que sucedió muchos años atrás.

Como escritora, ese recurso me interesa especialmente. Un objeto aparentemente insignificante puede convertirse en una pieza fundamental de la trama si el autor sabe darle significado.

Lo que no me ha convencido tanto

Y aquí creo que merece la pena ser sincera.

Una reseña no debería consistir únicamente en enumerar las virtudes de un libro. Cuando una novela nos gusta, también podemos hablar de aquello que nos ha resultado menos convincente.

En mi caso, el ritmo puede hacerse algo pausado en determinados momentos.

La historia necesita espacio para desarrollar sus diferentes épocas y personajes, y eso forma parte de su propuesta narrativa. Pero también significa que hay momentos en los que el avance de la trama se ralentiza.

No creo que sea necesariamente un defecto: depende mucho del tipo de lector que se acerque a la novela. Quien busque un thriller de ritmo vertiginoso probablemente encontrará aquí una narración demasiado reposada. Quien disfrute de las historias familiares, de la atmósfera y de los misterios que se desvelan poco a poco probablemente aceptará mucho mejor ese ritmo.

Y creo que esa diferencia es importante. No todas las novelas tienen que avanzar a la misma velocidad.

Una historia sobre la identidad

Después de terminar el libro, creo que lo que permanece no es únicamente el misterio. Permanece la pregunta por la identidad. Nell ha vivido durante años sin conocer una parte esencial de sí misma. Y cuando esa parte aparece, descubrirla supone también enfrentarse a una verdad que puede modificar la imagen que tiene de su propia vida.

Eso me parece profundamente humano. Todos construimos una historia sobre nosotros mismos. Sabemos quiénes somos, quiénes son nuestros padres, dónde nacimos, qué recuerdos forman parte de nuestra infancia…

Pero ¿qué ocurriría si de repente descubriéramos que una parte importante de esa historia era falsa?

¿Seguiríamos siendo la misma persona? La novela juega constantemente con esa idea. a identidad no está formada únicamente por aquello que hemos vivido. También está formada por aquello que creemos haber vivido. Y cuando una de esas creencias desaparece, tenemos que reconstruirnos.

Los secretos nunca pertenecen a una sola persona

Hay otra idea que me ha hecho pensar especialmente en la novela. Cuando alguien guarda un secreto familiar, puede creer que le pertenece. Pero rara vez es así.

Un secreto puede afectar a hijos, nietos y generaciones futuras. Puede modificar relaciones, rovocar decisiones, cambiar el rumbo de una vida sin que la persona afectada sepa siquiera por qué. Por eso las historias de secretos familiares me resultan tan atractivas. Porque el misterio no consiste solamente en descubrir qué ocurrió. Consiste también en descubrir qué consecuencias tuvo aquello que ocurrió. Y esa segunda pregunta suele ser mucho más emocional.

Como escritora, ¿qué me llevo de esta novela?

Creo que toda lectura deja algo. A veces una imagen, una frase, un personaje y otras veces una forma de construir una historia. De El jardín olvidado me quedo especialmente con la importancia de dos cosas: la información y la importancia de la espera.

Cuando escribimos misterio, tenemos la tentación de querer sorprender constantemente al lector. Pero no siempre necesitamos sorprenderlo. A veces basta con hacer que espere. Conseguir que quiera saber, que sospeche, que construya una teoría y después tenga que modificarla. El misterio también consiste en administrar el deseo del lector de conocer la verdad.

Kate Morton ha demostrado que sabe hacerlo. Como escritora, eso me interesa mucho. Porque cuando trabajas con secretos familiares, tienes que decidir no solamente qué ocurrió, sino también quién conoce cada pieza del pasado y en qué momento esa pieza llegará hasta el lector. Es casi como construir un laberinto. Y el lector tiene que sentirse perdido, pero nunca engañado.

El jardín y el laberinto

Hay lugares en las novelas que simplemente están y hay otros que forman parte de la historia. El jardín de El jardín olvidado pertenece, para mí, a la segunda categoría. No es un decorado bonito en el que ocurren algunas escenas. El jardín tiene presencia propia. Está ligado a la memoria, a los secretos y a todo aquello que permanece oculto bajo una apariencia aparentemente tranquila.

Y dentro de ese jardín hay un elemento todavía más sugerente: el laberinto. Me parece una imagen perfecta para una historia como esta. Un laberinto es un lugar en el que podemos avanzar durante mucho tiempo creyendo que estamos acercándonos a la salida y descubrir, de pronto, que hemos vuelto al mismo punto. Exactamente como sucede cuando intentamos reconstruir un pasado del que solo conocemos fragmentos.

Seguimos una pista. Creemos haber encontrado una respuesta y aparece una nueva pregunta. Giramos, retrocedemos y volvemos a empezar. Y, mientras tanto, avanzamos y cada camino nos acerca un poco más al centro.

El laberinto funciona así como una metáfora de la propia novela: buscar la verdad no significa avanzar siempre en línea recta.

Además, hay algo especial en que el lugar donde se esconden los secretos sea un jardín. Un jardín representa vida, crecimiento, belleza. Pero también necesita ser cuidado. Si se abandona, se transforma. Y quizá eso ocurre también con los recuerdos y con las historias familiares. Lo que no se cuida, lo que no se cuenta, lo que se deja atrás, termina cubriéndose de maleza.

Por eso el título El jardín olvidado me parece mucho más significativo después de terminar la novela. El jardín no está olvidado solamente porque haya quedado atrás. También lo está porque guarda una historia que durante demasiado tiempo nadie se ha atrevido a mirar.

Y entonces llega el desenlace

Hay una razón más por la que una novela de misterio puede quedarse en la memoria del lector: la manera en que decide terminar. No voy a contar absolutamente nada del desenlace de El jardín olvidado, porque creo que sería hacerle un flaco favor a quien todavía no haya leído la novela. Pero sí puedo decir algo: el final merece la espera.

Kate Morton ha ido colocando piezas durante toda la novela. No todas parecen importantes en el momento en el que aparecen; otras adquieren su verdadero significado mucho después. Y cuando finalmente llegamos a las últimas páginas, muchas de esas piezas encuentran su lugar.

Lo que más me gusta del desenlace es precisamente esa sensación de reconstrucción. De repente, acontecimientos que parecían separados empiezan a formar una única historia. Y, sin necesidad de explicar aquí qué sucede, sí puedo decir que el cierre tiene algo que considero fundamental en un misterio bien construido: nos obliga a mirar hacia atrás.

Después de conocer la verdad, algunas escenas anteriores adquieren otro significado. Y eso, para mí, es una de las mejores recompensas que puede ofrecer una novela de misterio. Un buen desenlace no debería limitarse a responder las preguntas que hemos ido acumulando. Debería conseguir que pensemos: Ahora entiendo. En mi opinión, El jardín olvidado consigue, en buena medida, ese efecto.

No es un final que dependa únicamente de una última sorpresa. Es un final que recoge la historia que Kate Morton ha ido construyendo y la devuelve al lector transformada. Por eso recomiendo llegar a esas últimas páginas sin buscar explicaciones en internet, sin leer reseñas que destripen la trama y, sobre todo, sin intentar averiguar antes de tiempo cuál es el secreto.

Dejad que el jardín permanezca cerrado y que el laberinto haga su trabajo, permitid que Kate Morton os conduzca hasta el centro.

¿Volvería a leer a Kate Morton?

Después de El jardín olvidado, entiendo por qué Kate Morton ha construido una trayectoria tan vinculada a este tipo de historias.

Hay una identidad muy reconocible en su manera de escribir: casas llenas de recuerdos, secretos familiares, mujeres que buscan respuestas, diferentes épocas que terminan encontrándose y una atmósfera en la que el pasado parece estar siempre presente. Y eso tiene algo que, como lectora, agradezco.

Cuando termino una novela y puedo reconocer la voz de su autora, significa que existe un universo literario detrás. En mi caso, además, hay una razón añadida para acercarme a sus libros. Como he contado al principio, yo también he escrito historias en las que los secretos familiares y el pasado tienen un papel importante. Dos de esas novelas están ahora buscando casa editorial.

Por eso quizá leo este género con una mirada doble. Como lectora, quiero dejarme llevar y como escritora, quiero descubrir cómo se ha construido el camino que me ha llevado hasta allí. El jardín olvidado me ha proporcionado ambas cosas.

Conclusión

Hay novelas que cerramos y olvidamos. Hay otras que dejan una imagen que permanece. En El jardín olvidado, para mí, esa imagen es la de una niña que llega a un país desconocido con una pequeña maleta, acompañada por una mujer que guarda sus propios secretos.

Una niña que todavía no sabe que su vida está construida sobre una historia que alguien decidió ocultarle. Y quizá esa sea la mejor manera de entender la novela. No como una historia sobre una maleta, ni como una historia sobre un jardín, sino como una historia sobre todo aquello que dejamos atrás pensando que hemos conseguido enterrarlo.

Porque podemos ocultar una carta, cerrar una habitación, guardar una maleta durante décadas. Podemos dejar que un jardín se cubra de maleza. Pero hay algo que resulta mucho más difícil de esconder: la verdad. Tarde o temprano, alguien acaba buscándola. Y cuando la encuentra, el pasado vuelve a florecer.

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