Aunque tengas que hacerlo solo
Hay una frase en mi perfil de WhatsApp que lleva conmigo desde hace tiempo:
Stand up for the truth even if you stand alone. Suzy Kassem
Podríamos traducirla como: Levántate para defender la verdad, aunque tengas que hacerlo solo.
No sé exactamente cuándo la elegí, pero sí sé por qué. Y también por qué, años después, sigue ahí. Porque habla de algo que cada vez valoro más con los años: la integridad.
La integridad
Vivimos en una época en la que parece importante y necesario gustar a todo el mundo, encajar, no generar incomodidad, no llevar la contraria ni desentonar demasiado.
Hay momentos en los que sabemos lo que pensamos, lo que sentimos, cuál es el camino que consideramos correcto y aun así dudamos.
¿Por qué dudamos?
No porque no veamos la verdad con claridad, sino porque tememos el precio que puede tener defenderla. A veces ese precio es una discusión, otras veces es una decepción, otras, la incomprensión de quienes nos rodean, incluso el rechazo. Y en ocasiones, simplemente, el silencio.
Porque la verdad tiene una característica incómoda: no siempre coincide con la opinión mayoritaria.
El valor de ser la voz discrepante
La historia está llena de personas que tuvieron razón antes de que el resto estuviera dispuesto a escucharlas. Pero no hace falta mirar tan lejos.
Nos ocurre constantemente en nuestra vida cotidiana. Cuando decimos «no» a algo que todos esperan que aceptemos. Cuando nos negamos a participar en una injusticia, aunque sea pequeña. Cuando reconocemos un error propio. Cuando defendemos a alguien que está siendo tratado de forma injusta. Cuando nos mantenemos fieles a nuestros principios aunque resulte más fácil renunciar a ellos. Y no hablo de las injusticias que están aceptadas por la corriente de pensamiento actual. SIno de las de verdad.
Estas situaciones terminan revelando quiénes somos. Porque el carácter no se construye con grandes discursos sino con decisiones discretas que tomamos cuando nadie nos ve ni nos obliga a hacerlo. Y quizá por eso esta frase sigue en mi perfil.
Ir a contracorriente
Por qué me gusta tanto? Porque no promete recompensas, ni dice que la verdad vaya a convertirnos en personas populares ni a facilitarnos la vida. Tampoco que vayamos a ganar.
Solo plantea una pregunta sencilla: ¿Seguirías defendiendo aquello que consideras verdadero si fuera arriesgado? ¿Si nadie más estuviera de acuerdo contigo?
Es una pregunta incómoda pero merece la pena formularla. La verdadera independencia no consiste en hacer siempre lo que uno quiere, sino en conservar la capacidad de pensar por uno mismo. Implica escuchar a los demás sin convertirse en un eco de su relato, cambiar de opinión si los hechos lo exigen, pero no cuando la presión social lo exige. Mantener la coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos.
No es fácil. A veces nos equivocamos, confundiendo nuestras opiniones con la verdad, a veces nos vemos obligados a rectificar. Pero incluso entonces sigue existiendo una brújula valiosa: la honestidad intelectual de buscar la verdad por encima de la comodidad.
Ser fiel a uno mismo
Porque al final la cuestión no es cuántas personas están de acuerdo con nosotros. La cuestión es si podemos mirarnos al espejo y reconocer a la persona que vemos. Las mayorías cambian, las opiniones cambian como lo hacen las modas. La aprobación de los demás viene y va.
Pero la relación que mantenemos con nuestra propia conciencia nos acompaña siempre y para toda la vida. Por eso cada vez me importa menos tener razón y más ser honesta conmigo misma. Intentar actuar de acuerdo con aquello que considero verdadero. Intentar no callar cuando debería hablar. Intentar mantenerme fiel a mis principios incluso cuando hacerlo no resulta especialmente cómodo.
El precio de la soledad
Y si alguna vez eso significa quedarme sola, que así sea. Porque hay una soledad mucho más triste que la de caminar sin compañía es la de traicionarse a uno mismo para no caminar solo.
Quizá por eso siempre he admirado a las personas capaces de apartarse del rebaño. No por llevar la contraria sistemáticamente. Eso sería tan poco libre como seguir a la multitud. Hablo de otra cosa: de la capacidad de pensar por uno mismo.
Porque resulta cómodo creer lo que creen todos, repetir lo que repiten todos y moverse en la misma dirección que se mueve la mayoría. La aprobación social tiene algo tranquilizador. Nos hace sentir protegidos, integrados, aceptados.
La verdad incómoda
La verdad no siempre habita en los lugares cómodos. A veces exige hacerse preguntas incómodas y revisar creencias que dábamos por ciertas. También implica cuestionar ideas que todo el mundo parece aceptar sin discusión. Y eso requiere valor.
En cierto modo, es como la famosa elección de Matrix entre la pastilla azul y la roja. La azul permite seguir viviendo en una realidad confortable. La roja obliga a abrir los ojos, aunque lo que descubramos no nos guste.
No estoy hablando de conspiraciones ni de sentirse especial por pensar diferente. Hablo de algo mucho más sencillo y mucho más difícil: la voluntad de buscar la verdad incluso cuando nos obliga a caminar en dirección contraria a la mayoría.
Conclusión
La independencia de pensamiento tiene un precio. A veces significa quedarse solo, recibir críticas, no encajar. Pero también tiene una recompensa extraordinaria: la libertad de vivir de acuerdo con la propia conciencia.
Y esa libertad vale mucho más que cualquier comodidad.


