El compromiso detrás de la elección creativa
Hace unos días, leí unas frases muy interesantes de Arturo Pérez Reverte que cito a continuación:
Pensé que era uno de esos días en que las historias por contar se apoderan de ti y ya no te sueltan. Quizá, me dije, aquella conversación estaba hipotecando mis dos próximos años de vida. A una edad, hay más historias que escribir que tiempo para ocuparse de ellas. Elegir una implica dejar morir otras. Por eso es necesario escoger con cuidado. Equivocarse lo justo. (Hombres buenos – Arturo Perez Reverte)
Me pareció de una veracidad innegable. El compromiso detrás de la elección creativa existe, aunque nos solemos dar cuenta tarde y la edad es un factor importante a tener en cuenta en la ecuación.
La elección como hipoteca vital
Escoger una historia es dedicarle tiempo, hipotecar, como dice Pérez Reverte, los próximos meses, el próximo año de nuestra vida o más. Escribir no solo implica un acto creativo, sino que representa un compromiso a largo plazo que consume tiempo, energía y recursos mentales.
Al elegir una historia, al querer transformarla en novela, el escritor está decidiendo a qué dedicará su vida durante un periodo de tiempo considerable. Esto implica dejar de lado otras ideas, otras historias que también parecen valiosas. La elección, por lo tanto, se convierte en un acto necesario de renuncia.
La abrumadora abundancia de historias
Con el paso del tiempo, la vida de las personas se enriquece de experiencias y anécdotas. Y los escritores las transforman, generando una gran cantidad de historias potenciales que se agolpan en la mente, transformándola en un vasto almacén de historias.
La creatividad, lejos de agotarse, se intensifica, se diversifica, se multiplica. El problema no es la falta de ideas, sino la abrumadora abundancia de ellas.
El factor tiempo
Sin embargo, el tiempo es un factor a tener en cuenta ya que es un recurso finito. Pérez-Reverte plantea una paradoja: mientras la inspiración y las ideas se multiplican, el tiempo disponible para darles forma disminuye. Es como tener un almacén lleno de tesoros, pero saber que solo puedes llevarte unos pocos. Esto puede generar una sensación de urgencia y también de pérdida.
La sabiduría de la renuncia
Ya no basta, para lanzarse a escribir, pensar que una historia es buena, ya no es suficiente. Es necesario detenerse y reflexionar, dilucidar si merece el tiempo y el sacrificio que exigirá de nosotros. Afortunadamente, la experiencia nos enseña a discernir entre una idea buena pero pasajera y una que realmente vale la pena desarrollar. Es el momento en que la sabiduría y la reflexión se imponen al impulso y a la pasión. El escritor aprende a dejar morir historias para poder dar vida a otras, seleccionando solo aquellas que resuenan con su propósito y visión artística.
Dilema de la elección
Es en este punto donde el escritor enfrenta su dilema más profundo. Como señaló Pérez-Reverte, elegir una historia no es un acto superficial; es hipotecar un año de tu vida o más en ella. Esta metáfora es poderosa porque subraya el profundo compromiso que implica la escritura. Escribir no es un sprint, es una maratón. Demanda una inversión total de tiempo, energía, salud mental y, a menudo, la renuncia a otras actividades. La decisión de embarcarse en una historia implica dedicar horas interminables a la investigación, a la creación de personajes, a la construcción de mundos.
Aprender a renunciar
Cada novela elegida significa que otras historias, igual de fascinantes y prometedoras, deben ser apartadas, condenadas al olvido. Esa novela de aventuras que tenías en mente, el relato íntimo que te emocionaba o la distopía que visualizaste, tienen que ser postergadas, y quizás, olvidadas para siempre. Es una dolorosa lección de renuncia. El escritor aprende que no puede tenerlo todo; debe sacrificar unas ideas para que otras puedan florecer.
Cambio de perspectiva
El escritor, a medida que madura, experimenta un cambio de perspectiva. La escritura evoluciona de ser una simple autoexpresión a convertirse en una herramienta de comunicación con un propósito mayor.
De la autoexpresión a la comunicación
Al inicio de su carrera, un escritor suele estar motivado por el deseo de explorar su propia voz y de expresarse sin límites. La escritura es una forma de ordenar sus pensamientos, de exorcizar sus demonios internos o simplemente de contar una historia por el placer de hacerlo. Es una actividad íntima y la satisfacción reside en el acto creativo en sí mismo.
Sin embargo, con el paso del tiempo, esta visión cambia. El escritor, consciente del tiempo limitado que le queda, se da cuenta de que su trabajo es, ante todo, un acto de comunicación. Ya no escribe solo para sí mismo, sino para el lector. La diversión o el entretenimiento que puede aportar siguen siendo importantes, pero se vuelven secundarios frente a un propósito más elevado.
La utilidad de la palabra
Cuando el tiempo se vuelve escaso, el escritor se ve obligado a ser más selectivo con sus historias. Ya no puede permitirse el lujo de escribir solo por escribir. Ahora, cada palabra debe contar, cada historia debe tener un mensaje importante, convirtiendo la escritura en una herramienta útil.
Esta utilidad puede manifestarse de diversas maneras:
- Concienciar: Despertar al lector sobre un problema social o histórico que deba ser conocido.
- Ayudar a los demás: Proporcionar una perspectiva que ayude a las personas a entenderse a sí mismas o a su entorno.
- Inspirar: Transmitir valores como la resiliencia, la valentía o la compasión.
La palabra, en este punto, ya no es solo un adorno o un entretenimiento; es una fuerza que puede cambiar la vida de las personas.
Cuando escribir es un acto de generosidad
Esta evolución marca la madurez de un escritor. Se aleja del ego y se enfoca en el compromiso con el lector. Cada historia es una oportunidad de ofrecer algo valioso, o, por qué no, de sembrar una semilla, de dejar una huella. La elección de qué escribir ya no depende solo de lo que le apasiona al escritor, sino de lo que considera que el mundo necesita escuchar.
Conclusión
En esta etapa de madurez, el escritor entiende que el verdadero poder de la escritura reside en su capacidad para servir a los demás, para convertirse en un faro que ilumina y guía. El acto de escribir, en su esencia más pura, es un acto de generosidad.


