¿Objetivos o expectativas?
A la hora de arrancar un proyecto, es importante establecer el objetivo que queremos alcanzar, definir a dónde queremos llegar y asegurarnos de que es un reto realista. En esta primera fase es lo único que nos ha de preocupar. Es también primordial, después de fijar el objetivo, abstenerse de generar expectativas; podemos controlar lo que depende de nosotros, pero no los resultados, ni los acontecimientos. Así que debemos tener las ideas claras y plantearnos: ¿Objetivos o expectativas?
¿Tenemos objetivos o expectativas?
Nos puede parecer que ambos términos son similares, por lo que conviene distinguirlos y conocer sus implicaciones.
Diferencia entre objetivos y expectativas
Objetivo
Si consultas la RAE, entre otras acepciones encontrarás esta:
m. objeto (‖ fin o intento).Sin.:objeto, meta, fin, finalidad, propósito, intención, deseo, ideal, destino.
Así pues, el objetivo hace referencia a la finalidad hacia la cual dirigimos nuestros esfuerzos, el propósito que queremos cumplir en un plazo definido de tiempo. Es el resultado que aspiramos lograr.
Expectativa
- f. Esperanza de realizar o conseguir algo.Sin.: esperanza, confianza, ilusión.
En la expectativa, entra la emoción, la suposición realista o no basada en un posible resultado en el futuro.
Diferencias
Las dos palabras son y suenan distintas, y sus implicaciones también lo son.
La palabra objetivo nos sugiere trabajo, esfuerzo y estrategia, requisitos que se traducen en acciones, mientras las expectativas se limitan a meras suposiciones, esperanzas, ilusiones puestas en un resultado incierto. Esta palabra nos conecta con el presente, implica una actitud proactiva, un reto, una llamada a la acción.
La palabra Expectativa es una suposición que apunta al futuro, puede ser realista o totalmente inviable. Es apostar al azar, poner nuestras esperanzas en manos ajenas: si lo conseguimos, tendremos una buena sorpresa, sino, sufriremos una decepción. Es algo que se espera sin actuar para conseguirlo.
El objetivo es realista y retador.
La diferencia mayor, por lo tanto, entre objetivo y expectativa, a parte de que el objetivo siempre suena más realista, es la actitud: después de definir un objetivo, hay que entrar en acción, desarrollar una estrategia, buscar opciones y un plan B por si no obtenemos los resultados esperados. Esta previsión de posibles circunstancias adversas es la que nos ayuda a hacer frente a lo inesperado, y seguir adelante.
Las expectativas son subjetivas, son elucubraciones sobre nuestros objetivos que nacen de nuestro diálogo interno. Por el contrario, los objetivos se diseñan en base a experiencias objetivas, acciones concretas, teniendo en cuenta los posibles acontecimientos adversos, con la flexibilidad necesaria para adaptarse por el camino.
Para los escritores
Tener objetivos pero no expectativas es la actitud más sabia y se hace necesaria para quienes escribimos. Los objetivos nos guían, marcándonos una meta. Gracias a ellos, avanzamos con una intención, ideas claras y construimos una trayectoria coherente. Son los que nos permiten crear hábitos, terminar lo que empezamos, pulir nuestros manuscritos y lograr su publicación. Nos solo nos dan dirección y foco, sino que nos proporcionan impulso y motivación cuando los recordamos.
Pero las expectativas conllevan deseo, aspiraciones y sobre todo idealización. Ponemos nuestras esperanzas, (en que el libro tenga éxito, buenas ventas y que cambie la vida de alguien), un resultado que no podemos controlar. Desarrollar expectativas nos hace vulnerables, frente a lo que no depende de nosotros, como puede ser el éxito, la acogida del libro, el mercado editorial, la crítica, etc.
Frustración
El escritor que se aferra a las expectativas, corre el riesgo de frustrarse, de permitir que sus resultados definan su valía. En cambio, cuando trabaja con objetivos, disfruta del proceso, valora cada paso y cada progreso, sin expectativas rígidas.
Escribir en libertad
Escribir con objetivos claros, pero con el corazón libre de expectativas nos brinda mayor libertad, nos permite resistir a la falta de éxito, seguir trabajando cuando el reconocimiento tarda. Nos protege de la decepción y nos mantiene conectados con la esencia de nuestro oficio, el deseo de crear historias y compartirlas. Es cierto que la escritura cobra verdadero sentido cuando el libro llega a los lectores, pero a veces no llega como imaginamos. Aunque no llegamos a tener la difusión que nos gustaría, es importante recordar que nuestro trabajo en si tiene valor, más allá del resultado y del eco que reciba.
La importancia de no compararse
Observar tu crecimiento sin compararte es uno de los mayores regalos que puedes darte como escritor. Es difícil no hacerlo porque la comparación surge de forma natural. Miramos a quienes publican más, tienen más lectores, más ventas, más éxito, pero lo cierto es que cada proceso creativo es único, y cada recorrido tiene su ritmo, sus estaciones, sus propias curvas de aprendizaje.
En el momento en que empiezas a comparar con los demás, te vuelves infeliz, porque empiezas a sentirte pequeño, no merecedor, carente de muchas cualidades, inferior.
Doble irrelevancia
Lo peor de esta tendencia a la comparación es que es doblemente irrelevante. En primer lugar, porque se basa en nuestra visión sesgada de los logros ajenos, desde nuestra perspectiva limitada que ignora las circunstancias, obstáculos, sacrificios y dificultades que el ser que tanto admiramos ha tenido que pasar para llegar a donde está.
En segundo término porque la persona con quien nos comparamos solo muestra lo que quiere. Pensemos en las redes, la gente comparte solo lo que quieren que se vea de ellos, y la información nunca es completa. No disponemos de datos fidedignos para establecer una comparación objetiva, no conocemos el bagaje ni el recorrido completo de la persona.
Compararnos no, inspirarnos sí…
No compararte no quiere decir no aprender de los demás. Puedes inspirarte de otras personas, admirar su trabajo, pero sin perder de vista el hecho de que tienes que recorrer tu propio camino, paso a paso, libro a libro, lector a lector.
Valorar nuestro crecimiento
Observar y valorar nuestro crecimiento, en cambio, es una práctica consciente muy positiva. Significa reconocer los pasos que hemos dado, incluso los más pequeños, valorar como hemos madurado, perfeccionado y pulido nuestra voz, como hemos aprendido a dar profundidad a nuestras historias y personajes. Es darnos cuenta de cómo ha cambiado nuestra relación con la escritura. Es mirar atrás y ver que ya no somos los mismos que cuando comenzamos, que escribimos más y mejor.
El crecimiento auténtico no se mide en cifras, sino en profundidad. En cuánto te transformó escribir esa historia. En qué aprendiste de ese rechazo. En cómo respondiste a la dificultad sin rendirte. En qué se movió en ti cuando un lector te dijo que tu libro le hizo sentir menos solo.
Observar tu crecimiento sin compararte es confiar en tu proceso. Es darte el permiso de florecer a tu manera, en tu tiempo, de expresarte con tu voz. Y cuando lo haces, la escritura se convierte no solo en un oficio, sino en un verdadero camino de realización personal.
La mente en el objetivo, los ojos y los sentidos en el camino
Esta es, en mi opinión, la actitud más sana y fecunda para los que escribimos. Tener un objetivo claro, terminar una novela, publicar un libro, llegar a más lectores, nos da guía y dirección. Pero si toda nuestra atención se vuelca únicamente en ese punto lejano, corremos el riesgo de perdernos lo más valioso: el trayecto en sí.
Porque es en el camino donde ocurre la vida. Si estamos demasiado pendientes del destino, nos perderemos los paisajes que se abren ante nuestros ojos, las sorpresas, las señales y los encuentros que enriquecen la travesía.
Mantener los sentidos en el presente es una forma de honrar el proceso creativo y de disfrutar, sin posponer la alegría hasta que llegue un hipotético reconocimiento o aplauso.
Conclusión
Cuando la mente está enfocada y los sentidos despiertos, se produce un equilibrio fértil: avanzamos con propósito, pero también en consciencia, disfrutando del viaje. No solo construimos un resultado, no solo ansiamos llegar a la meta, vivimos cada paso, cada etapa que nos lleva hasta nuestro destino.
Y así, paso a paso, nos damos cuenta de que el camino se ha vuelto tan importante como el destino. Porque, en el fondo, quizá no escribimos para llegar a alguna parte, sino para transformarnos. Así, como por arte de magia, la escritura se transforma en camino.


