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Quien tiene un por qué…

Hoy quisiera hablaros de una frase Nietzsche que aparece en el libro de Viktor Frankl titulado «El hombre en busca de sentido»

Quien tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo

Es necesario resaltar que esta frase no es motivacional y, precisamente por eso, me parece importante. No habla de aguantar por aguantar, sino de orientación interior.

Más allá de la lectura simplista

No nos engañemos, no se trata en absoluto de una consigna de autoayuda, ni de una invitación al sacrificio, sino de algo mucho más profundo, que nos habla de sentido, de propósito.

El hombre en busca de sentido

No es casual que Viktor Frankl cite esta frase de Nietzsche en El hombre en busca de sentido. No habla desde una reflexión teórica, sino desde una verdad comprobada en un ambiente tan extremo como aterrador: el de un campo de exterminio. Frankl se dio cuenta de que los que lograban resisitir no eran los más fuertes, sino aquellos que tenían un por qué, alguien a quien volver, una tarea inconclusa, algo por decir o por hacer que impedía que el sufrimiento ocupara toda su mente. No significaba que el horror disminuía sino que evitaba la aniquilación interior. En efecto, tener un por qué no rendirse al sufrimiento, conseguía que incluso el más inhumano de los escenarios se volviera transitable.

¿Qué quería decir realmente Nietzsche con ese “por qué”?

Hay frases que se citan tanto que acaban perdiendo fuerza, incluso se convierten en cliche. La de Nietzsche Quien tiene un por qué para vivir puede soportar casi cualquier cómo, es una de ellas. Se repite en redes sociales, se usa en discursos motivacionales como si implicara aguantarlo todo con disciplina, pero no tiene nada que ver con eso.

Nietzsche no habla en ningún momento de resignarse, ni de mostrar una fortaleza heróica, habla de sentido. De un razón íntima, a veces frágil, que si bien no elimina el dolor, impide que vivir se vuelva absurdo. Porque el verdadero problema, más allá del sufrimiento, que siempre llega en una forma u otra a nuestra vida, es tener que atravesarlo sin saber para qué, sin una dirección que nos sostenga y nos permita aguantar.

Si no hay un por qué, las cargas de la vida, incluso las más ligeras se pueden volver insoportables. Sin embargo cuando lo tenemos, aunque sea, más que una certeza una esperanza, una promesa, o una duda, el cómo, aunque duro deja de aparecer como un callejón sin salida.

El por qué como eje interno

El “por qué” del que habla Nietzsche no es promesa de éxito, ni de felicidad, sino un eje interno que nos ayuda a organizar la experiencia incluso cuanto todo a nuestro alrededor se derrumba. No tiene nada que ver con el reconocimiento ni depende del éxito, ni se basa en que las circunstancias mejoren. A menudo, somos incapaces de formularlo con palabras claras.

Este por qué es más bien una orientación íntima, algo que nos sostiene desde dentro cuando ya no hay apoyos fuera. Cuando existe este eje, no desaparece el dolor pero deja de ser caótico. Encuentra un sentido provisional que nos permite seguir avanzando sin derrumbarnos del todo. Y cuando falta este propósito, una vida que puede parecer soportable puede volverse insufrible, porque nada la articula, nada la orienta. El “por qué” no explica la vida, pero la sostiene, porque la mantiene en pie. No se trata de resistir sino de dar sentido al sufrimiento. El dolor no ennoblece por sí solo, sino que el sentido que se le da puede resultar transformador.

Cuando no hay por qué: el verdadero vacío

¿Qué ocurre cuando carecemos de propósito? Entonces llega el vacío, el cansancio vital que no proviene del sufrimiento sino de la falta de dirección, de la ausencia de rumbo. Todo continúa, seguimos viviendo, coleccionando experiencias, incluso logros, pero nos falta el motor que nos empuja hacia delante, esta razón que ordena nuestro esfuerzo y da un sentido al desgaste. La vida se diluye, y el alma, sin dirección, se dedica a sobrevivir sin entusiasmo.

¿Es posible buscar y encontrar un por qué?

No hay recetas para encontrar el sentido de la vida, el Ikigai, El propósito de tu vida no es algo que se pueda revelar de golpe. Es más bien algo que se va construyendo despacio, pasando por etapas, y es revisable. Lo que nos sostenía a los treinta puede no ser válido a los sesenta. Y, como todo lo humano, es frágil, puede tambalearse con los fracasos, las pérdidas.

Este propósito no tiene por qué ser heróico ni necesita aplausos. Puede ser escribir, cuidar, reparar, poner palabras a lo que otros no pudieron decir. Puede consistir en acompañar un proceso, dejar testimonio. Y eso basta.

Con el tiempo, este por qué puede cambiar, y la vida nos puede empujar a hacer ajustes. No se trata de encontrar el sentido perfecto y eterno, sino de habitar uno que nos permita seguir avanzando sin perdernos, sin diluirnos.

Literatura, memoria y supervivencia: cuando el por qué salva

Me gustaría mostraros cómo esta frase de Nietzsche queda perfectamente ilustrada en una obra universal que es El conde de Monte Cristo.

En la novela, Edmond Dantès sobrevive a la prisión del castillo de If, pero no lo hace solo por fortaleza física o por esperanza. Su cómo es difícil de soportar. Le han encarcelado de forma injusta, está aislado, y durante los años que dura su encierro, no tiene contacto con el mundo exterior.

¿Qué es lo que le salva? ¿La paciencia? No, no sería suficiente. Le salva la aparición de un por qué. Cuando conoce al abate Faria, su condena se transforma. Ya no es simple espera, sino aprendizaje. Dante no habita su celda de la misma manera. Porque tiene un propósito: prepararse, resistir y sobrevivir para salir.

Hasta entonces, cada día en el castillo de If era una tortura, pero luego, se vuelve soportable. No porque sus condiciones hayan cambiado y sean menos crueles, sino porque aparece una razón interior que le permite soportar su dolor.

No encierra promesa

La frase de Nietzsche no encierra promesas de redención ni de felicidad futura. Sino que nos muestra una verdad más incómoda: cuando se encuentra un sentido, el ser humano es capaz de atravesar lo peor, lo que sería capaz de destruirlo. Ahí esta frase cobra todo su sentido.

No significa que sea más fácil

Aquí, no estamos afirmando que tener un por qué hace el camino más fácil, no elimina el dolor ni el miedo. Pero sí permite evitar la sensación de absurdo total. El por qué no suprime el dolor, ni lo anestesia, sino que lo hace transitable.

Conclusión

En conclusión, me gustaría dejar una pregunta abierta. ¿Qué es lo que nos sostiene cuando todo pesa? ¿Qué nos hace quedarnos cuando sería más fácil rendirnos, cuando la ilusión se ha apagado?

No es fácil contestar a eso. A menudo creemos que el sentido llega en forma de certeza, como una frase clara o una decisión firme. Pero casi nunca ocurre así. No hace falta apresurarse. Hay respuestas que solo se revelan cuando dejamos de exigirles claridad inmediata.

Te dejo la pregunta abierta, porque es tambien una forma de honestidad. No cerrarla es aceptar que no siempre sabemos por qué resistimos, y esto, lejos de ser una carencia, es una verdad. No tener una explicación nítida de por qué seguimos adelante no es una falta de sentido, tampoco invalida lo que hacemos.

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