Di no a las etiquetas
Desarrollo Personal

No a las etiquetas sociales

A nuestra mente le encanta ir clasificando momentos, situaciones y personas, para hacerse un esquema del mundo que le rodea. Con este fin, asignamos adjetivos a todos los que nos rodean, a menudo sin tener la información suficiente, y lo hacemos constantemente. Pero las etiquetas, como el nombre indica, marcan y estigmatizan, por lo que deberíamos replantearnos muy en serio su uso.

En este artículo, te voy a explicar por qué creo que debemos decir NO a las etiquetas sociales.

¿Qué es etiquetar?

Etiquetar, y no me refiero a etiquetar en las redes sociales, es poner un apodo, catalogar a una persona según la primera impresión que nos causa, hacerla encajar en una o varias categorías, más o menos positivas. Equivale a sentenciarla a partir de una conducta o comportamiento puntual o en base a un juicio que emitimos, sin conocerla en profundidad.

¿De qué manera lo hacemos?

Asignamos y utilizamos adjetivos para atribuir rasgos a todo y a todos, incluso sin tener toda la información necesaria. ¿Para qué lo hacemos constantemente?  Estas etiquetas tienen una utilidad evidente, puesto que nos llevan a hacernos una idea bastante aproximada de lo que tenemos delante a simple vista, con una sola ojeada.

¿Por qué lo hacemos?

A parte de la necesidad que tenemos de encasillar a las personas en nuestros esquemas mentales, lo hacemos por una dudosa razón de economía cognitiva. Esta habilidad es la que nos permite realizar interpretaciones rápidas; cuando no disponemos de información suficiente, nos la inventamos pensando que ya estaremos a tiempo de cambiar la etiqueta más adelante.

¿Por qué? Porque necesitamos tener respuestas, aplicar un cierre cognitivo que nos permita dar una respuesta rápida a una pregunta, porque ante todo, odiamos la incertidumbre y la ambigüedad. Y lo hacemos a través de la heurística.

¿Qué es la heurística?

La heurística es el arte de inventar por parte de los seres humanos, con la intención de procurar estrategias, métodos, criterios, que permitan resolver problemas a través de la creatividad, pensamiento divergente o lateral.

Atajos heurísticos

Recurrimos a atajos heurísticos, o sesgos cognitivos, que utiliza nuestra mente para explicar una realidad o solucionar un problema que se nos presenta con información incompleta. Por culpa de estos atajos, que vamos aplicando en nuestro día a día, nos hacemos una primera idea acerca de las cosas, actuamos en consecuencia y tomamos decisiones de forma rápida.

Etiquetado positivo: el efecto Pigmalión

El efecto “etiqueta” viene de mucho tiempo atrás. Lo pusieron de manifiesto Rosenthal y Jacobson (1968) con el “efecto Pigmalión”, con un experimento en el cual eligieron a un grupo de estudiantes al azar; les informaron de que, según sus profesores, tenían mayores capacidades intelectuales que otro grupo. Los resultados obtenidos por los «etiquetados» al azar como «intelectualmente superiores» fueron más favorables que los del grupo que etiquetaron como poseedores de una menor capacidad.

Si os interesa el tema, os dejo el título de un libro muy interesante sobre liderazgo, que aborda en profundidad el tema y que recomiendo: Cree en tí misma y en los demás

El etiquetado negativo: estigmatización

El efecto positivo que puede tener el efecto Pigmalión aparece en pocas ocasiones, pero la verdad es que cada vez que etiquetamos algo o a alguien, solemos clasificarlo también como bueno o malo. Nuestras palabras nunca son neutras y traen consecuencias de las cuales no siempre estamos conscientes.

Si declaramos que una persona es celosa, tóxica, básica, aburrida, infiel, incompetente y difundimos este criterio en las redes o a los cuatro vientos, arruinaremos sin duda su reputación, lo aislaremos socialmente, y no solo dejaremos de interactuar con ella, sino que lograremos que los demás tampoco lo hagan. Lo grave es que a menudo nuestros juicios se basan en una primera impresión que nos hemos formado, sin tener información suficiente para confirmarla.

Etiquetar a los niños

Si bien es sabido que los niños tienen tendencia a etiquetarse entre si, llamándose sin compasión, gordo, feo, tonto, torpe, fijándose en cualquier peculiaridad o diferencia en el habla, el físico, la nacionalidad, que observan, los padres son los primeros en su convivencia diaria con sus hijos, a usar calificativos de forma reiterada que, sin duda, acaban dejando huellas. En su afán de corregir el comportamiento de los pequeños, van repitiendo, las características que consideran negativas: no seas pesado, eres un llorón, qué tozudo eres, eres un protestón, etc.

Profecías autocumplidas

Pero no consiguen el resultado deseado sino justamente el opuesto. El niño acaba creyendo que es lo que le llaman, y las etiquetas se transforman en profecías autocumplidas. Cuando etiquetamoz a los niños estamos reduciendo toda su persona a una o dos palabras y provocando consecuencias nefastas para su futuro.

Consecuencias

Las etiquetas, según se usen, pueden reforzar la autoestima de una persona o hundirla. Estoy convencida de que la mayoría de las etiquetas que se usan actualmente, son negativas, sin otra utilidad que la de dañar a las personas. Nos encasillan según nuestro género, clase, orientación sexual o política, según nuestras ideas, pero también según nuestra personalidad: débil, fracasado, egoista, pijo, etc.

Están en todas partes, en nuestro entorno laboral, en las redes, incluso con las personas de nuestra confianza, y nosotros mismos nos solemos colocar etiquetas que acabamos creyendo.

Conclusión

En conclusión, creo que hay que darse cuenta de las consecuencias nefastas de etiquetar a la gente, tanto a adultos como a niños, acordándose siempre de que estas etiquetas no nos representan y que las descalificaciones que esconden, retratan más al que las emite que al que las recibe. Son el reflejo de mentes limitadas, que solo ven lo que creen cierto, no contemplan la complejidad y profundidad de las personas, ni la respetan. Etiquetar, o poner apodos, es sinónimo de sentenciar las personas a partir de una conducta o comportamiento puntual, a partir de una opinión a menudo infundada y desde una visión sesgada.

Así que si me aceptas un consejo, no etiquetes a las personas ni permitas que los demás lo hagan contigo. Mejor aún; pónselo difícil, convirtiéndote en alguien imposible de etiquetar.

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